¿Fenicios
en América?
La hipótesis del descubrimiento de América por los fenicios es
tan antigua como el propio Colón. El gran almirante estaba convencido
de que la flota fenici a
que llevaba cada tres años productos exóticos al rey Salomón tenía
su amarradero frente a las costas Veragua. A falta de pruebas
documentales que demuestren el descubrimiento de América por los
fenicios, un nutrido corpus de inscripciones repartidas por todo
aquel continente parecen acudir en defensa de tales teorías. Curiosamente
las inscripciones cartaginesas son especialmente abundantes en
Norteamérica, en tanto que las fenicias aparecen predominantemente
en Sudamérica. Solamente en los alrededores de Harrisburg (Pensylvania)
se han catalogado hasta cuatrocientas inscripciones "cartaginesas"
sobre roca dura. Entre las sudamericanas destaca la del monte
Gávea, cerca de Río de Janeiro, descubierta en 1836. Se trata
de un monumental conjunto de signos tan desgastados por los elementos
que cualquier imparcial tomaría por estrías naturales de la roca
o signos caprichosos trazados por algún antiguo y ocioso visitante.
Pero los partidarios de las exploraciones fenicias en América
se han esforzado en ver lo invisible y proponen la siguiente pintoresca
lectura: "Cerca de esta roca numerosas tablas de madera de roble
para barcos depositadas en una playa pedregosa". Otros obtienen
una lectura ligeramente distinta: un informe de las exploraciones
de Badesar Tiro, hijo de Jetbaal, hacia el 850 a. De C. La más
famosa inscripción fenicia es la de Paraíba, hallada en una plantación
de Pousso Alto, Brasil, en 1872. El texto comienza así: "Somos
cananeos sidonios de la ciudad del rey mercader. Hemos sido arrojados
a esta isla lejana y montañosa. Hemos sacrificado un joven a los
dioses y diosas celestes..." Esta inscripción, que en su tiempo
fue declarada falsa , vuelve ahora a la palestra para apoyar la
tesis fenicia en América. Ya puestos, convendría decir dos palabras
sobre las otras inscripciones precolombinas. Cada año engrosan
el catálogo docenas de nuevas inscripciones, casi siempre descubiertas
sospechosamente cerca de modernas ciudades. Todas son falsas,
algunas increíblemente burdas y trufadas de errores gramaticales
de grueso calibre (a pesar de estar extraídas de textos de epigrafía).
Aunque solamente la décima parte de las inscripciones fuera auténtica,
forzoso sería llegar a la conclusión de que este continente fue
repetidamente visitado y explorado en la antigüedad por una legión
de navegantes grafómanos. Florecen en América junto a una mayoría
de inscripciones púnicas, muchas otras egeas, cretenses, protogriegas,
cananeas, celtas, libias, egipcias, etruscas, griegas y romanas.
Incluso se ha encontrado una en silabario ibérico, lo que probaría
que navegantes procedentes de la península ibérica llegaron a
la localidad norteamericana de Goodyear mil quinientos años antes
que Colón. Últimamente se especula sobre la posible autenticidad
de algunas de estas inscripciones alegando que contienen elementos
lingüísticos aun desconocidos cuando se descubrieron. También
se aducen otras pruebas arqueológicas , templos y círculos druídicos,
santuarios celtas presididos por el falo, etc. En América se dan
casos extremos de falsificadores que en su noble afán por alcanzar
la perfección, no reparan en que la sospechosa contundencia de
las pruebas que esgrimen acaba escamando al más crédulo observador.
Si el brasileño Bernardo da Silva Ramos, un millonario cauchero
de los años treinta apasionado por la Arqueología, se hubiera
limitado a publicar media docena de inscripciones antiguas es
posible que le hubiesen prestado algún crédito. Pero, como era
hombre de posibles y quería unir legar su nombre a la posteridad
si fuera posible unido indeleblemente al descubrimiento de América,
publicó un grueso y lujoso volumen en el que se contenían más
inscripciones de las que es posible reunir en Europa y Asia. Nadie
lo tomó en serio dado que, como el dicho expresa "lo poco entretiene
pero lo mucho cansa"
|